Era verano del año 2022 y el mundo se sobrecogía con la situación de pandemia en Estados Unidos. La droga conocida como krokodil, que tuvo sus primeras víctimas en Florida diez años antes, había sido modificada para funcionar como arma biológica y propagada por Corea del Norte en un ataque a la nación estadounidense el año 2021. El resultado: un 89 % del territorio comprometido y un 42 % de la población infectada al cumplirse el primer año. El virus fue alterado para transmitirse por vía aérea y con una extraña variación que le permitía quedarse en la zona y no expandirse a otros continentes.

El recipiente que contenía el arma biológica no fue lanzado por los aires ni mucho menos tenía forma de misil; era una persona. Un norcoreano de identidad desconocida entró al país a través del puerto de Los Ángeles, en California, escondido en un contenedor que traía ropa y accesorios supuestamente desde Corea del Sur. Para el momento que fue descubierto, toda la gente que estuvo en contacto con él, incluso los militares, describieron que el hombre era una real bomba fétida. El norcoreano llegó deshidratado, con notorias marcas de descomposición en su cuerpo, y murió antes de ser interrogado, dejando a su paso la fatal enfermedad. Fue cosa de días para que la zona estuviera en cuarentena, semanas para que se decretara alerta nacional y meses para que el país se diera prácticamente por vencido.

El gobierno estadounidense estaba casi desintegrado y la nación del líder Kim Jong-un puso la balanza a su favor, en términos políticos, con respecto al resto del mundo. Europa seguía luchando por mantener el orden mundial y por castigar, de manera apropiada, a los agresores, con el respectivo cuidado de no provocar que Corea del Norte repitiera las mismas acciones contra los demás países y empujara a todos a una inevitable autodestrucción.

Con casi la mitad de la población del país enferma y sufriendo las más terribles consecuencias de la desomorfina, popularmente conocida como la droga zombi, los sobrevivientes comenzaron a luchar para no contagiarse de esta apocalíptica enfermedad. Si iban a morir, debían hacerlo luchando por su libertad, como siempre fueron enseñados.

Richard Reed se encontraba en una pequeña base paramilitar establecida en Denver, Colorado, cuando se supo la noticia.

—Se reitera el llamado. Todo el equipo a la sala de reuniones. El líder tiene una información relevante que entregar —se escuchó por el altavoz.

La base contaba con cuarenta y cinco personas, entre ellos hombres y mujeres, quienes estaban encargados de recibir sobrevivientes no infectados, conseguir recursos, dar atención médica y coordinar con los militares locales el aseguramiento de las zonas libres de contagio. El estado de Colorado se encontraba parcialmente cubierto por la enfermedad y era parte de la decretada Zona-2, aquella que aún no podía considerarse perdida en términos de habitabilidad.

—¡Atención! ¿Están todos? —dijo el líder, Vincent, a la multitud que se reunía luego de cinco minutos del primer llamado, el cual aparentemente todos ignoraron.

—No es necesario que les explique cómo está el panorama. No quiero ilusionarlos para nada, así que no crean que les diré que pasamos a Zona-1 —prosiguió con una voz un poco más ronca de lo normal—. Estamos a poco de ser clasificados dentro de las zonas no habitables del país.

—¿Zona-3? —se oyó una voz tímida desde el final de la sala.

—Vaya, alguien ha estado haciendo las tareas, al parecer —respondió Vincent. Esperaba risas, pero ninguna se hizo escuchar.

(Fragmento de “Krokodil” un cuento dentro de “Braindance y otros escalofriantes relatos”)