El viaje resultó bien. El jinete se las apañó para cortar el camino por unos atajos no permitidos. La seguridad del rey era para el camino real y las rutas de comercios. Tierras como Rádalur no importaban, al menos no tanto como para apostar un par de guardias cada tantas leguas.

—El camino por el paso de Mortonia es plano como una puta desnutrida —dijo el jinete. Bebió casi todo el viaje un vino hediondo y de mala muerte—. Si no fuera por esta botella, juro que los árboles ya me habrían vuelto loco.

Los árboles de los que hablaba el jinete eran los del bosque de Barbel, al oeste. Al este se extendía una enorme llanura hasta llegar a las Montañas Saladas, las que sobresalían de la tierra como várices que dividían a Rádalur de las tierras de Gerénea.

—¿Y la chica? ¿Es para su diversión? —A Folker aquella pregunta no le había sorprendido lo más mínimo. Los ancianos conformaban la mayor parte de los sobrevivientes de Las Viejas Costumbres, y como toda costumbre, eran reacios a abandonarla—. ¿O acaso está usted con los de La Nueva Orden? ¡Malditos progresistas y sus ideas antiprogresistas! Sus supuestas libertades no han hecho más que encadenarnos. ¡Ahora ni siquiera puedo tener un esclavo cuando antes los tenía por docenas! Ni hablar de los morenitos que campan a sus anchas como si se hubieran ganado estas tierras con esfuerzo. Y las chiquillas, dulces y jugosas como esa que tiene al lado, eran cotizadas como todo un manjar. ¿Lo recuerda? —No lo recordaba, por supuesto. Folker había nacido el mismo año en que entró en vigor La Nueva Orden, y salvo los primeros estertores de su aplicación en una sociedad reacia al cambio, poco o nada tenía que decir al respecto—. Qué tiempos aquellos. ¡Que se joda el nuevo rey y el antiguo con sus ideas de Nueva Orden de mierda! Lo que en verdad es un crimen es el negarnos a los hombres el satisfacer nuestros impulsos naturales, impulsos que nos fueron dados por obra y gracia de Goreon. La misma niña que lleva a su lado, mírela. Ya le están creciendo las tetas y apostaría que también las caderas. ¿Para qué daría Goreon semejantes atributos a una muchachita si no es para que hombres como nosotros las follemos? Lo he dicho mil veces y lo vuelvo a repetir: La Nueva Orden va contra nuestra naturaleza.

(Fragmento de una de las páginas de El Fin de las Flores)