El atardecer hacía sus últimos avistamientos, era posible sentir que el viento azotaba la humedad del entorno contra la piel. Rytt aceleró la velocidad de las riendas y otra bocanada de aire frío lo golpeó. El camino no era tan empinado como antes, así que resultaba más sencillo lidiar con el trayecto. Llevaba medio día observando solo bosques y matorrales, estaba desesperado por encontrar un lugar donde apaciguar el hambre que lo desconcentraba de su camino. Había viajado sin descanso desde las Laderas del Sol hasta los Campos del Ribero, en varias ocasiones estuvo tentado ante la idea de acampar, pero la situación se lo impedía; continuaba el viaje con la ilusión de encontrar un refugio de una noche y luego seguir su viaje.

El día avanzó sin que encontrara posada u hogar ribereño alguno, comenzó a preguntarse si necesitaría el dinero que llevaba. Comprendió que los rumores de la gente eran ciertos, los Campos del Ribero eran una estancia olvidada del mundo; ahí no reinaba hombre alguno, cada lugareño ejercía este oficio sobre sus tierras, con sus animales como únicos súbditos y el chuzo y el azadón como sus joyas reales. Se decía que en aquellas riberas reinaban la paz y las cosechas de la escasa población, por lo que era el último sitio en conocer las noticias de los sucesos que ocurrían en cualquier parte del mundo. Rytt siguió avanzando por el campo abierto con la esperanza de encontrar un campesino que le brindara información sobre hospedajes o le permitiera alojarse en su casa por un par de monedas, todo lo que deseaba era reponer fuerzas y seguir su viaje.

Su esperanza renació cuando divisó que las leves corrientes del viento arrastraban ligeras volutas de humo tosco, indicador de que habría un hogar donde pedir alojamiento y, quizá, una comida caliente. Los días anteriores había consumido únicamente frutas arrancadas de los árboles y bebido agua de los ríos que atravesó con su caballo, así que sentía un hambre avasallante. Era posible que ahora descansara un poco y se deleitara con una verdadera comida. Sin pensarlo dos veces, cambió la dirección de las riendas para rastrear el origen del humo.

A medida que se acercaba percibió el sonido que hace una piedra al encontrarse con el metal, el repiqueteo era tan frecuente que resultó fácil identificar el camino hacia allá. De pronto divisó la silueta de un hogar; no era muy grande, pero sí lo suficiente para suponer que podrían venderle comida y un lugar para dormir. En el cobertizo estaba sentado un joven de unos dieciséis años afilando con cuidado lo que parecía ser una espada, la apoyaba en su regazo mientras el filo permanecía oculto por la envoltura, una gruesa funda de tela hecha a medida. El joven detuvo su faena para observar el trabajo realizado, pero no pudo evitar su impresión al percatarse de la presencia de Rytt, quien se acercaba cabalgando hacia él.

“Tengo que ser lo más emocionante que le ha pasado en el día”, pensó Rytt al ver su expresión.

(Fragmento inicial de “La Hermandad de los Desdichados”)