A la escasa luz del amanecer, el yermo parecía inmóvil. Las lanzas ensartadas en el piso, los estandartes colgando flácidos y los dedos congelados apuntando al cielo eran el cuadro mudo que había dejado tras de sí la batalla. Las alimañas que se estaban alimentando se pusieron alerta cuando percibieron a Yihal y Khansai acercarse.

—La bienvenida que uno espera —murmuró Yihal al ver los jotes graznando, maldiciéndolos por haberles importunado el desayuno. El funebrero se rascó la barba cana y oteó el horizonte—. Khan, ¿ves algún rastro de gules u otra cosa indeseable?
—Aparte de usted, maestro, no. —Khansai se acuclilló en el piso aún mojado por la lluvia de la noche. La silueta del maestro Yihal se veía estilizada y elegante en medio del campo de muerte; aun tras el trasnoche y el viaje lograba verse apuesto para la edad que tenía. El sueño del embalsamador, pensó Khansai: mantenerse bien conservado con los años. Se quitó un guante y hundió la mano en el barro, dejando fluir la energía a través de su palma. La tierra le respondió.
—En esta batalla hubo hechicería de la mala, maestro.
Yihal gruñó.
—Ese es nuestro tipo de hechicería, Khan. —El funebrero dio un par de pasos hacia la masacre, tocando los cadáveres con la punta de su bastón—. Pero no es nuestra guerra. Vamos a lo que vinimos y larguémonos de aquí.
—Hace tiempo que usted y yo no estábamos tan de acuerdo.
—No te acostumbres, muchacho.

El yermo se extendía desde una depresión hasta el amago de un bosque de árboles mustios. Las colinas serpenteaban sin llegar a ganar mucha altura, hasta fundirse con las nieblas de una marisma lejana. Cerca, la fila de cuerpos se agrupaba más o menos en torno a un tiro de caballos degollados y un carromato volteado.
Entre ambos funebreros despejaron un claro, poniendo telas a modo de alfombra desplegaron los utensilios: matraces, tijeras, alicates, frascos y recipientes. Debían actuar rápido. Habían transcurrido un par de horas desde la batalla, no tardaría mucho tiempo en pasar un batidor e informar de lo ocurrido.

—A juzgar por la distribución, yo diría que fueron emboscados —dijo Khansai, mientras arrastraba el cadáver de un soldado con la librea de una de las ciudades libres. Colocó al muerto sobre la tela y acto seguido acercó un bajalenguas de hierro a su boca—. Me parece mucho que esta gente no tenía mucho que ver con la guerra. Normalmente se defenderían con las lanzas en primer lugar, pero, estas parecen haber sido botadas al suelo.
—Lo cual entorpeció el andar de los caballos —comentó Yihal, mientras se cercioraba del contenido de una jeringa de cristal. Dentro de la cavidad brillaba esencia de ánima, pálida como la luz de una luna enferma—. Mala cosa.
—Solo veo soldados de Ghilayir. O bien pelearon entre ellos, o no se llevaron a nadie consigo.
—Lo sabremos en un rato.

(Fragmento del cuento “El regalo” de Mariano Avello, incluido en “Quimeras, Antología Chilena de Fantasía”)