Apenas pisó la hierba fresca con la suela plástica de su traje espacial, el capitán Fernández comprendió que había cometido un error. Pero ya era muy tarde para, literalmente, echar pie atrás, porque el pastor Williams y el señor Xi Z’trodh ya habían salido de la cápsula y se acercaban a los helechos y árboles gigantes que formaban la frondosa vegetación.

—¿Y me dice que no hay…?
—Ningún peligro, padre —respondió Fernández—. Ni depredadores, ni radiación, ni sabandijas venenosas, ni gases tóxicos, ni parásitos, ni microorganismos nocivos. Al menos, nuestros xenobiólogos y los robots sonda no han podido detectar ninguno. Y los frutos son muy nutritivos: aún no nos atrevemos a probarlos en humanos, pero con dos de esas «naranjas» azules, como las que ve allí, podría obtener casi todos los minerales y calorías que necesita en un día.

Desde hacía siglos que nadie en la confederación había visto una selva: las únicas conocidas eran las representaciones 3D de los museos.

—¿Órdenes, capitán? —la teniente Radic saludó con una leve sonrisa que borró de inmediato al ver el gesto de desaprobación de su superior.
—Grupos de tres, formación delta. Peinen la zona e informen
de cualquier elemento sospechoso o que no haya sido estudiado por las sondas. Traigan muestras si es necesario.
—Entendido.

Radic se veía despreocupada, lo que le erizó aún más los pelos al capitán Fernández: nadie más parecía darse cuenta de que ese planeta tenía algo siniestro, pero indefinible. Revisó su rastreador: funcionaba a la perfección. Con el equipo encendido, no tendría ningún problema en regresar a la nave, sin importar lo espeso de la selva.

Resultaba inevitable dejarse cautivar por los colores brillantes, los helechos que se enredaban en los troncos del ancho de tres hombres, los cantos de aves y animales exóticos en una caótica pero melodiosa armonía y esas como orquídeas gigantes, tan bellas que Fernández sentía deseos de arrancarlas y romperlas
en pedazos.
El pastor Williams tomó una fruta azul-violácea para estudiar la piel rugosa y brillante. Una mariposa iridiscente se posó en la cáscara, observó su rostro  arrugado a través de la superficie globular del casco y emprendió el vuelo.

—¿Y por qué debemos seguir en estos trajes presurizados, entonces?
—Precaución. Hay que estar totalmente seguros antes de traer a sus colonos, padre. —Fernández levantó el pie, molesto: había pisado algo viscoso, pero solo era barro—. Raro. Ni siquiera hemos encontrado desechos orgánicos. ¿Acaso no defecan en este planeta?

(Fragmento del cuento “Del bien y del mal” de Jorge Román, incluido en “Viajeros, Antología Chilena de Ciencia Ficción”)